Fondos suficientes, flexibles y eficientes
“Esforzarse por asegurar que la financiación de la acción humanitaria en nuevas crisis no vaya en perjuicio de la satisfacción de las necesidades de crisis en curso”.
Principio 11 de los Principios y Buenas Prácticas en la Donación Humanitaria
El surgimiento constante de diversas crisis humanitarias dirige la atención de los donantes de un lado a otro del planeta. La necesidad de ofrecer respuestas rápidas a las demandas humanitarias generadas por desastres naturales o conflictos repentinos provoca el descuido de situaciones más antiguas o realidades de gravedad extrema que exigen actuaciones a largo plazo. A ello contribuyen varios factores. Por un lado, los donantes no suelen apoyar crisis que consideran enquistadas y de difícil solución. Además, el funcionamiento de los medios de comunicación y su enorme influencia en la agenda internacional provocan que la que hoy es una emergencia relevante sea desterrada de la actualidad informativa por una nueva situación que reclama la atención de la opinión pública. A todo ello se unen diversos intereses económicos, geoestratégicos y políticos que definen la importancia que se asigna a cada crisis.
Esta realidad acaba influyendo en los fondos que se destinan a la respuesta humanitaria. A veces, llega a producirse una situación extrema en la que ciertas emergencias reciben más dinero del que necesitan –como la ocurrida con el tsunami que asoló el sudeste de Asia- y otras, en cambio, no consiguen contar con una cifra mínima para responder a las necesidades más urgentes. La responsabilidad de respuesta internacional ante los conflictos y las catástrofes naturales debería prevalecer sobre cuestiones políticas, económicas o estratégicas. La neutralidad e imparcialidad de la ayuda humanitaria, recogida en los Principios de Buena Donación Humanitaria, requieren que ésta se base principalmente en las necesidades de las personas afectadas por las emergencias y no en otro tipo de intereses. El Principio 11 de la Buena Donación Humanitaria establece la necesidad de continuar respondiendo a las crisis en curso a pesar del surgimiento de nuevas situaciones que demanden acciones humanitarias. Un objetivo cuyo cumplimiento precisa de fondos, suficientes y flexibles, además de coordinación entre los distintos actores implicados.
Iniciativas para la recaudación de fondos
Con el objetivo de ofrecer respuestas rápidas y efectivas a las crisis humanitarias, Naciones Unidas creó, en 1992, los Procesos de Llamamientos Consolidados (CAP, en sus siglas en inglés). Se trata de una herramienta de coordinación entre las distintas organizaciones humanitarias que compila las necesidades identificadas en cada crisis y, a partir de ellas, realiza llamamientos a la comunidad internacional, de forma que los donantes puedan comprometerse con aportaciones económicas. Los CAP han contribuido de forma significativa al desarrollo de una perspectiva más estratégica y coordinada. Una de sus aportaciones más importantes ha sido la de ofrecer información detallada sobre el desequilibrio que, en ocasiones, se produce entre las necesidades y los compromisos de la comunidad internacional. Y es que, a veces, no se cuenta con una respuesta que cubra el llamamiento en su totalidad; otras veces, las responsabilidades asumidas no se materializan con la agilidad necesaria o, simplemente, se incumplen. Como consecuencia de ello, algunas crisis no ven cubiertas sus necesidades, lo que provoca la persistencia de situaciones de alta vulnerabilidad.
En vista de las dificultades para la materialización de los compromisos de fondos destinados a emergencias y crisis olvidadas, la ONU creó, en 2006, el Fondo Central para Emergencias (CERF, en sus siglas en inglés); un instrumento cuyos objetivos son promover actuaciones rápidas, adecuar las acciones a las necesidades de las personas afectadas y fortalecer las respuestas a las crisis que no cuentan con recursos suficientes. Dependiente de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de la Ayuda Humanitaria (OCHA), el CERF ofrece la posibilidad de contar con un fondo común del que se puede disponer rápidamente en caso de emergencia. Las contribuciones a ese fondo son voluntarias y provienen tanto de actores públicos como privados. Desde su creación, en marzo de 2006, el CERF ha comprometido más de 514 millones de dólares para proyectos humanitarios en 51 países. En 2007, más de 252 millones de dólares han sido destinados a respuestas humanitarias rápidas en 34 países; y 125 millones a emergencias con escasa financiación. Y es que una de las contribuciones más importantes del CERF es la aportación de recursos a las necesidades de crisis desatendidas; de hecho, desde su creación, ha realizado cuatro desembolsos de ayuda a sendos grupos de crisis de larga duración. El último de ellos, realizado a principios de agosto de 2007, otorgó 40 millones de dólares a las crisis que afectan a Burkina Faso, República Centroafricana, Chad, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Eritrea, Etiopía, Haití, Kenia, Liberia, Mauritania, Níger, Zimbabwe y los Territorios Palestinos Ocupados.
Uno de los retos para el éxito del CERF viene determinado por el hecho de que sólo las agencias y programas de Naciones Unidas, así como la Organización Internacional para las Migraciones, tienen acceso directo a sus fondos. En la práctica, esto supone que tanto las ONG, como el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja queden excluidos a la hora de utilizar estos recursos –aunque sí pueden acceder indirectamente a los fondos del CERF a través de sus acuerdos con agencias de la ONU. El acceso directo a estos recursos por parte de las ONG humanitarias ha sido un tema largamente debatido y constituye una reivindicación recurrente. Además, existe un amplio consenso sobre el papel fundamental que representan las ONG y el Movimiento de la Cruz Roja en las respuestas a emergencia. Por eso, sería necesario flexibilizar las normas de utilización de los fondos del CERF y facilitar el acceso de organizaciones humanitarias a los recursos disponibles.
Aunque el CERF no es la llave mágica para conseguir una acción humanitaria plenamente efectiva, es un paso importante para perfeccionar su funcionamiento y resultados. Sin duda, contribuirá a la consolidación de una ayuda oportuna y fomentará que los mayores recursos de la historia destinados a la acción humanitaria sean utilizados de manera más equitativa entre las emergencias que se producen en las distintas regiones del mundo. Necesitará, eso sí, de un apoyo consolidado y sostenible del conjunto de la comunidad humanitaria, puesto que no deja de ser un elemento más dentro de un proceso general de reforma recién iniciado.