REPÚBLICA CENTROAFRICANA
Ni un solo alfiler
La huída de los refugiados centroafricanos
Silvia Hidalgo
“Tuvimos que huir sin poder llevarnos ni un alfiler” comenta Amine, el representante de una de las aldeas de desplazados que huyeron de los ataques de los zaraguinas. Los zaraguinas son grupos de bandidos notorios conocidos como “cortadores de carreteras” que patrullan el noroeste del país. “Se llevaron todo atacando y secuestrando a todos los que no consiguieron huir”. Atemorizan a la población y a menudo tienen más medios que las fuerzas de seguridad.
La mirada desgarrada de una mujer revela todo su trauma. Lamenta la matanza de seis niños a manos de los zaraguinas. Huyeron al bosque y caminaron durante días hasta llegar a Baoro donde ahora aguantan desde el mes de noviembre. No piensan regresar. Ahora permanecen en la intemperie. Lo han perdido todo menos sus vidas. A pesar de haberse quedado sin nada, desposeídos de todas sus pertenencias, el miedo y temor por sus vidas les impide pensar en volver. Muchas de sus aldeas han sido quemadas.
Yannick, de ocho años, se cruza con nosotros para enseñarnos su cuaderno. Abierto, muestra apuntes de una clase de matemáticas. Alza su mirada que trasmite una mezcla de orgullo y expectativa. Y, es que los niños desplazados en Baoro ya no acuden a la escuela. Han vivido el trauma del desplazamiento y la desposesión y no consiguen volver a la normalidad e integrarse. Con una necesidad de escolarizar a más de 3 mil niños, las instalaciones del pueblo de Baoro y el frágil y deficiente sistema educativo del país no lo permiten. La ayuda que perciben los desplazados en Baoro es la del Programa Mundial de Alimentos que les provee una ración de alimentos básicos mediante un reparto mensual. Los desplazados tienen que conseguir apoyarse en la población local para todas sus necesidades, incluyendo los medios para cocinar la comida que perciben. “No tenemos ollas, ni camas, ni mosquiteras y nos falta hasta jabón”, se apena una mujer. Enseña sin embargo satisfecha, de pronto radiante, a su hija de tres meses que consiguió tener en el bosque cuando huyo de los zaraguinas por la noche. “Ha sobrevivido.”
Uno de los mayores desafíos en República Centroafricana para las organizaciones humanitarias es la logística y conseguir cubrir las necesidades de una población afectada dispersa en un país de un tamaño similar e incluso algo mayor que Francia. La respuesta humanitaria en el país es insuficiente y no está en absoluto coordinada con un esfuerzo mayor por restablecer condiciones de seguridad, la posibilidad de retorno o la recuperación de medios de vida. En la zona de Baoro cerca de Bouar, el Programa Mundial de Alimentos está prácticamente solo, con la misión de la archidiócesis de Bouar, en proveer ayuda. Acaba de instalarse Mercy Corps que trabajará principalmente en el sector tan clave y tan necesario de agua y saneamiento. En otras zonas ocurre lo inverso. Las personas afectadas reciben otro tipo de apoyo diferente al alimentario. En Bossangoa, por ejemplo, UNICEF ha distribuido colchones, mosquiteras, bidones y jabón. En otros lugares se ha conseguido ofrecer enseñanza a los niños desplazados que tanto merecen su derecho a la educación.
La República Centroafricana cuenta ya con más de 200 mil desplazados y un millón de personas con necesidades de ayuda humanitaria básica. La respuesta humanitaria en una crisis escondida con personas afectadas esparcidas a lo largo de un territorio relativamente extenso ha resultado compleja y desigual.